Padres: sus adolescentes los necesitan
El desarrollo humano es una maravilla
que la ciencia no logra terminar de dilucidar y que los cristianos
muchas veces tienden a olvidar. El cerebro de un bebé
desarrolla 250,000 neuronas por minuto mientras está en el vientre de
su madre, para llegar a las 100 mil millones de células presentes al
momento de nacer. El bebé llega con una gran capacidad de recibir
muchísima información de su entorno, desde percibir el olor único de su
mamá hasta contemplar el rostro de su padre. En los siguientes años, los
niños aprenden por medio de la experiencia… su interacción con el mundo
exterior moldea su mundo interior.
Cuando los niños llegan a la
adolescencia, una serie de cambios bruscos transforma sus cuerpos hasta
alcanzar la fachada de un adulto. Sus cerebros, por otro lado, entran a
una segunda infancia, atravesando un proceso donde el mismo cerebro
«poda» las conexiones neuronales que no serán necesarias. Este proceso
es la mecánica detrás de lo que observamos como la definición de la
personalidad, las creencias, las convicciones y los valores de una
persona.
Es en esta etapa cuando las
apariencias nos engañan. A menudo no logramos navegar a través de los
cambios que corresponden a esa edad. Aunque un adolescente ya no
necesita la misma protección que un niño, no puede gozar de todas las
libertades de un adulto. La adolescencia es un tiempo único y dinámico
donde los padres tienden a soltar las manos del timón o, en el otro
extremo, apretar su control a un nivel que sofoca el crecimiento
característico de esta etapa.
Nuestros adolescentes necesitan ser instruidos con amor y necesitan el espacio para aprender sus propias lecciones
En la cultura judía, un adolescente
de 13 años ya es libre del título de niño y entra a una emancipación que
hoy podría sonar controversial. En la ceremonia tradicional para
celebrar al Bar Mitzvah («hijo de los mandamientos») el padre del muchacho proclamaba: «Baruch sheptarani mei-onsho shelazeh»
[«Bendito el Dios que me libra de la responsabilidad de este
muchacho»]. En Latinoamérica muchas veces se vive en el otro lado del
espectro: una niñez perpetua en la que adultos de más de 20 años siguen
con sus padres en una especie de infancia artificial.
Opuestos necesarios
Entonces, ¿qué es lo que un
adolescente realmente necesita de sus padres? La respuesta es
dicotómica y compleja, pero es algo que podemos ver en la relación que
Dios, nuestro Padre, tiene con nosotros, sus hijos.
Nuestros adolescentes necesitan ser
consolados en su dolor y también necesitan ser libres para afrontar las
consecuencias de sus acciones. Nuestros adolescentes necesitan ser
corregidos en su conducta y también necesitan plena confianza para
expresarse sobre los temas más vergonzosos. Nuestros adolescentes
necesitan ser instruidos con amor y necesitan el espacio para aprender
sus propias lecciones. Nuestros adolescentes necesitan protección
(aunque en disminución) y también necesitan que sus padres se deleiten
en ellos. Nuestros adolescentes necesitan límites claros y también
necesitan más independencia para explorar el mundo, confiando que tienen
un lugar seguro a donde regresar.
La crianza de adolescentes nos obliga a depender más
de la sabiduría de Dios que de nuestros impulsos, emociones o
experiencia personal
La dinámica parece estar llena de
opuestos, pero esto es algo bueno: la crianza de adolescentes nos obliga
a depender más de la sabiduría de Dios que de nuestros impulsos,
emociones o experiencia personal.
Un adolescente también necesita que
sus padres escuchen. El imperativo de Santiago de ser prontos para
escuchar y lentos para hablar y enojarse se vuelve aún más difícil con
nuestros hijos adolescentes (Stg 1:19).
Sin embargo, escuchar con empatía abona la conexión profunda que
necesitamos priorizar en las aguas turbulentas de la adolescencia. Tu
adolescente no te hablará de un tema que sabe que te incomoda… y si no
te habla sobre temas como la sexualidad, definitivamente los discutirá
con alguien más.
El cerebro de un adolescente está en
plena construcción; estos años marcarán el resto de su vida. Como todo
en el caminar cristiano, ser padre de un adolescente es un llamado a
morir a uno mismo y amar incondicionalmente. Representemos a Cristo en
nuestros hogares siendo pacientes y sabios, respondiendo con curiosidad y
firmeza, ternura y estabilidad.
Nuestra dinámica como padres cambia
durante la adolescencia, pero la meta sigue siendo la misma de toda la
crianza: que nuestros hijos lleguen a creer en la gracia de Jesús, que
los rescata de sus pecados y los lleva a ser hijos del Creador del
universo. No nos cansemos de ser fieles en las vidas de nuestros
adolescentes, incluso cuando esa fidelidad trata principalmente de
sentarse a su lado y escuchar su corazón.
El desarrollo humano es una maravilla
que la ciencia no logra terminar de dilucidar y que los cristianos
muchas veces tienden a olvidar. El cerebro de un bebé
desarrolla 250,000 neuronas por minuto mientras está en el vientre de
su madre, para llegar a las 100 mil millones de células presentes al
momento de nacer. El bebé llega con una gran capacidad de recibir
muchísima información de su entorno, desde percibir el olor único de su
mamá hasta contemplar el rostro de su padre. En los siguientes años, los
niños aprenden por medio de la experiencia… su interacción con el mundo
exterior moldea su mundo interior.
Cuando los niños llegan a la
adolescencia, una serie de cambios bruscos transforma sus cuerpos hasta
alcanzar la fachada de un adulto. Sus cerebros, por otro lado, entran a
una segunda infancia, atravesando un proceso donde el mismo cerebro
«poda» las conexiones neuronales que no serán necesarias. Este proceso
es la mecánica detrás de lo que observamos como la definición de la
personalidad, las creencias, las convicciones y los valores de una
persona.
Es en esta etapa cuando las
apariencias nos engañan. A menudo no logramos navegar a través de los
cambios que corresponden a esa edad. Aunque un adolescente ya no
necesita la misma protección que un niño, no puede gozar de todas las
libertades de un adulto. La adolescencia es un tiempo único y dinámico
donde los padres tienden a soltar las manos del timón o, en el otro
extremo, apretar su control a un nivel que sofoca el crecimiento
característico de esta etapa.
Nuestros adolescentes necesitan ser instruidos con amor y necesitan el espacio para aprender sus propias lecciones
En la cultura judía, un adolescente
de 13 años ya es libre del título de niño y entra a una emancipación que
hoy podría sonar controversial. En la ceremonia tradicional para
celebrar al Bar Mitzvah («hijo de los mandamientos») el padre del muchacho proclamaba: «Baruch sheptarani mei-onsho shelazeh»
[«Bendito el Dios que me libra de la responsabilidad de este
muchacho»]. En Latinoamérica muchas veces se vive en el otro lado del
espectro: una niñez perpetua en la que adultos de más de 20 años siguen
con sus padres en una especie de infancia artificial.
Opuestos necesarios
Entonces, ¿qué es lo que un
adolescente realmente necesita de sus padres? La respuesta es
dicotómica y compleja, pero es algo que podemos ver en la relación que
Dios, nuestro Padre, tiene con nosotros, sus hijos.
Nuestros adolescentes necesitan ser
consolados en su dolor y también necesitan ser libres para afrontar las
consecuencias de sus acciones. Nuestros adolescentes necesitan ser
corregidos en su conducta y también necesitan plena confianza para
expresarse sobre los temas más vergonzosos. Nuestros adolescentes
necesitan ser instruidos con amor y necesitan el espacio para aprender
sus propias lecciones. Nuestros adolescentes necesitan protección
(aunque en disminución) y también necesitan que sus padres se deleiten
en ellos. Nuestros adolescentes necesitan límites claros y también
necesitan más independencia para explorar el mundo, confiando que tienen
un lugar seguro a donde regresar.
La crianza de adolescentes nos obliga a depender más
de la sabiduría de Dios que de nuestros impulsos, emociones o
experiencia personal
La dinámica parece estar llena de
opuestos, pero esto es algo bueno: la crianza de adolescentes nos obliga
a depender más de la sabiduría de Dios que de nuestros impulsos,
emociones o experiencia personal.
Un adolescente también necesita que
sus padres escuchen. El imperativo de Santiago de ser prontos para
escuchar y lentos para hablar y enojarse se vuelve aún más difícil con
nuestros hijos adolescentes (Stg 1:19).
Sin embargo, escuchar con empatía abona la conexión profunda que
necesitamos priorizar en las aguas turbulentas de la adolescencia. Tu
adolescente no te hablará de un tema que sabe que te incomoda… y si no
te habla sobre temas como la sexualidad, definitivamente los discutirá
con alguien más.
El cerebro de un adolescente está en
plena construcción; estos años marcarán el resto de su vida. Como todo
en el caminar cristiano, ser padre de un adolescente es un llamado a
morir a uno mismo y amar incondicionalmente. Representemos a Cristo en
nuestros hogares siendo pacientes y sabios, respondiendo con curiosidad y
firmeza, ternura y estabilidad.
Nuestra dinámica como padres cambia
durante la adolescencia, pero la meta sigue siendo la misma de toda la
crianza: que nuestros hijos lleguen a creer en la gracia de Jesús, que
los rescata de sus pecados y los lleva a ser hijos del Creador del
universo. No nos cansemos de ser fieles en las vidas de nuestros
adolescentes, incluso cuando esa fidelidad trata principalmente de
sentarse a su lado y escuchar su corazón.
David McCormick es el Director Ejecutivo de la Alianza Cristiana para los Huérfanos,
y padre de cuatro hijos: tres biológicos y uno del corazón. Siendo
psicólogo graduado en Canadá, se ha especializado en el apego, estilos
de crianza, trauma y liderazgo parental. David ha dedicado su vida a la
niñez y adolescencia en estado de vulnerabilidad, trabajando para que
cada uno de ellos pueda contar con una familia permanente y amorosa.